miércoles, 14 de agosto de 2013

Intelectuales y monigotes

El inspector entró en habitación. Tanto las persianas como las cortinas estaban cerradas. Sin embargo la estancia estaba totalmente iluminada. Los fotógrafos estaban terminando su trabajo, y en breves momentos el cadáver sería recogido y llevado al depósito. 
Miró hacia una de las paredes del salón. Parecía como si alguien hubiera arrancado con fuerza los cuadros que antes lo decoraban, y que ahora se encontraban en el suelo hechos añicos. 
Dalís, Pollocks, Picassos, destrozados. Copias, pero destrozadas. Aquella limpieza decorativa no cabía duda de que había sido hecha por El Asesino. 

Era su modus operandi. 

En los casos anteriores, la escena del crimen era muy parecida a en la que ahora se encontraba presente, solo que en esta ocasión, como en las otras, las palabras escritas en la pared, con lo que parecía, la sangre de la víctima, eran distintas. Rezaba: 

"Oi un inteletual menos caminara por la tierra yenandola de palavras bacias."

El inspector se estremeció. Era la cuarta vez en ese mes que sentía ganas de arrancarse los ojos. A pesar de las aberraciones ortográficas, no pudo evitar pensar que el asesino tenía en cierta medida el don de la palabra. 

En los periódicos lo habían llamado El Asesino de la RAE. Tenía éste, tanto a la policía como a los medios intrigados. Algún periodista sensacionalista, había publicado en el periódico en el que trabajaba, los pocos datos que la policía sabía de los crímenes. 
¿Quién se lo había dicho? ¿Cómo se había enterado? 

Tardó en descubrirse que un policía corrupto había vendido esa importante y confidencial información por media docena de donuts glaseados. "Fueron los mejores donuts que comí en mi vida", dijo el día que lo interrogaron. "Después de eso dejé a mi mujer porque sabía que nunca me haría feliz como esos quince minutos de felicidad que me proporcionaron aquellos dulces redondeados."

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